A lo largo de nuestra educación,
hemos practicado la actividad de la escritura, pero en muy pocas ocasiones con
una finalidad comunicativa. La mayor parte de lo que muchos profesores han
llamado escribir, lo dedicábamos a transcribir en nuestro cuaderno lo que ponía
en los libros de textos, en copiar enunciados de actividades sin sentidos o en
escribir redacciones al profesor para contarle lo que habíamos hecho en nuestras
vacaciones. Además, para comprobar que sabíamos escribir cartas o notas, nos
hacían escribir algunas en el examen. Pero lo peor de todo es que nos las
devolvían llenas de tachones y, encima, teníamos que copiar todas las palabras
con faltas de ortografía unas cuantas veces. Por tanto, ¿qué sentido tiene todo
esto? ¿Realmente se leían las redacciones o iban en busca de las faltas de
ortografía? ¿Qué finalidad tiene esta escritura? ¿Qué sentido tiene escribir
una carta en un examen?

Por tanto, cada vez que mandemos a
escribir a los alumnos, que sea con una finalidad comunicativa, que sean
conscientes, en todo momento, de lo que están escribiendo, para quién y para
qué. No hacerles creer que la escritura es un castigo, sino un medio de
expresión, de comunicación. Por ello, no debemos permitir que nuestros alumnos
pasen los años sin saber realmente escribir, como nos ha pasado a muchos. Pero,
a su vez, debemos ser conscientes de que es un proceso difícil y que se debe
consolidar con perseverancia.
Firmado: María Pizana Iniesta
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